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Abuela con experiencia

Relato añadido: 02/05/2009

Juan llevaba doce años de casado. Su matrimonio era relativamente feliz; un buen trabajo, un hogar confortable y una relación satisfactoria con su esposa. La culminación de esos doce años de relación conyugal eran dos críos pequeños de 3 y 5 años de edad. Con respecto a su vida sexual, podía decirse que era la considerada por muchos como "normal", es decir, una vez en semana y a escondidas para que los niños no percibieran nada. La mentalidad de ambos era muy abierta y disfrutaban del buen sexo pero estaba claro que era un hombre en la treintena de la vida estancado en la monotonía familiar. En fin, Juan era uno de los muchos hombres que a pesar de tener relaciones esporádicas con su mujer, jamás confesaría que necesitaba mucha más "acción" de la que se le daba. Quería a su mujer y nunca forzaría una situación, por tanto, se consolaba con películas X y revistas pornográficas. Le hubiera encantado poder disfrutar de ellas al lado de su esposa pero en eso no era nada aficionada.

Cuando iba al trabajo observaba multitud de mujeres que pasaban a su alrededor y se torturaba imaginándose encuentros esporádicos con ellas. Les miraba el culo, los escotes, las piernas…. Se estaba convirtiendo casi sin querer en un "salido total". Había pensado en la prostitución pero siempre se echaba atrás por los remordimientos. Leía la sección de contactos y cuando se decidía por un perfil de chica nunca terminaba decidiéndose a dar el paso. Utilizó incluso el chat de internet en el que conoció mujeres de su edad hastiadas de la misma rutina diaria pero al igual que en cualquier otra cosa de su vida, la acción no era una de sus características más logradas y como siempre terminaba rompiendo el contacto con ellas. Así llegó a sus 35 años y sabía que le faltaba algo…. Hasta que un día todo cambió. No como él imaginaba, pero terminó tambaleando como un castillo de naipes todos sus valores de los que tanto presumía.

Un buen día su mujer le dijo que los chicos necesitaban una niñera para compaginar su tiempo en casa con el trabajo de ambos. Ya llevaban tiempo planteándoselo y dieron por sentado que era la única solución para que los críos no tuvieran pérdida de afecto familiar. Ella se decidió por contratar a alguien con experiencia y al parecer lo había conseguido. Juan no tardó en imaginarse a una chica rubia, atractiva y ardiente que le alegrara la vista a la vez que cuidaba de sus hijos o en una pelirroja de ojos rasgados y pecas por todo el cuerpo. Pero no contó con lo de la "experiencia". Regresando a la realidad bruscamente supo que su amada esposa había buscado una mujer inmigrante de mediana edad y sin cargas familiares. No le dijo más, sólo le recordó que esa tarde vendría sobre las cinco y que como él libraba ese mismo día, hiciera las presentaciones con los chiquillos.

¿Inmigrante? ¿mediana edad? Estaba claro que la amiga de ambos les había endosado una pobre mujer, probablemente fea y achacosa, procedente de su trabajo en Servicios Sociales. Ellos se sentirían bien acogiendo a una mujer madura y necesitada en su propia casa a la vez que encontraban una nana cariñosa para la educación de sus hijos.

Al llegar la media tarde, sonó el timbre. Juan abrió la puerta escoltado por sus dos menudos "muchachos" y ante ellos apareció una mujer de color de unos 50 años de edad. Era robusta y de rasgos africanos. Ojos grandes, boca grande, pelo corto y rizado y unos dientes perlados a pesar de los años. Lo miró con una sonrisa y en seguida se presentó a los chiquillos. Así comenzó un largo caminar en el que los niños terminaron queriendo a su nana con auténtica devoción y el matrimonio compartió vida con una mujer de trato agradable y buen ánimo. Tenía una habitación amplia justo al lado de los chicos y compartía el baño con ellos.

Hacía las tareas del hogar mientras cantaba canciones de un lejano país y preparaba casi siempre comida para todos. Era muy eficaz y a pesar de su aspecto algo voluminoso se movía siempre con gran facilidad. Pronto Juan se percató de algo. Tenía unos pechos asombrosamente grandes. En muchas ocasiones los escondía en camisas amplias y ropa holgada, pero eso no evitaba que rebosaran a la vista. Cuando se inclinaba hacia delante para limpiar el polvo de la mesa del salón, aplastaba sus grandes ubres contra el cristal y Juan no podía evitar mirar en aquella dirección. Otras veces, cuando limpiaba los cristales de las ventanas o espejos de la casa, agitaba su brazo a la vez que sus grandes tetas retozaban de un lado a otro. Aquellas miradas,( al principio inocentes y curiosas) se convirtieron en todo un ritual con el tiempo. Juan la seguía por todos lados con cualquier excusa para presenciar tal exuberancia. Él mismo se sorprendió de empezar a excitarse con los encantos de una mujer demasiado madura para sus gustos habituales. De hecho jamás le habían atraído las mujeres negras pero el roce diario la había convertido en algo más que una simple señora doméstica. Al pasar el tiempo, comenzó a fantasear con ella, con sus encantos y su cuerpo fuerte y ancho.

Ya no se conformaba con espiar su busto, empezó a mirar su enorme trasero. Cuando ella andaba, cada cachete seguía un ritmo asimétrico que resaltaba sobre pantalones ajustados. Siempre llevaba zapatillas de andar por casa y camisetas cortas a pesar del frío. Juan empezó a pasar más tiempo en casa y no perdía detalle de su nana. Estaba claro que su mujer no sospecharía jamás de una infidelidad como esa. El caso es que Luvi (que así se hacía llamar) empezó a ponerse camisas algo más ajustadas y siempre ofrecía su gran sonrisa al señor de la casa. Se llevaban muy bien y Juan supo muchas cosas de su vida anterior. Su marido había muerto hace más de 15 años en Senegal y llevaba unos diez años en España gracias al trabajo de uno de sus hijos. Éste se había casado con una española y eso había facilitado que parte de la familia terminara llegando al nuevo país. Sus 4 hijos estaban casados y con vida resuelta y con el tiempo poco quisieron saber de ella. De vez en cuando la invitaban a comer pero el contacto no era demasiado fluido. A Juan le caía bien y pensaba que era recíproco.

Un día la vio salir del baño con una bata roja que le llegaba a las rodillas. Su piel brillaba enormemente y multitud de gotas reposaban en su cuerpo. Sus fuertes pantorrillas asomaban pequeñas gotitas de agua que a modo de surco resbalaban hasta los tobillos. Y mejor aún, un gran canalillo anunciaba unas tetas prominentes. A pesar de la edad era asombroso que no tuviera una sola arruga en su rostro. Ella presumía de tener muy buena piel y de que se cuidaba a diario con cremas y secretos de su ancestral cultura. El caso es que Juan se quedó embelesado mientras ella descubría su mirada. Rápidamente intercambiaron dos palabras pero Juan supuso que ella había notado algo diferente en la forma de mirar. Tras aquel fortuito encuentro la cosa cambió. Había bromas, risas, inocentes confesiones e incluso la puerta del baño a menudo quedaba algo abierta para él.

Se asustó de sus pensamientos y como siempre había ocurrido, se prometió asimismo que no habría nada de lo que pudiera arrepentirse. Pero ella empezó a seducirlo. Cuando limpiaba las mesas, empezó a usar camisas de cuello grande y con ausencia de sujetadores. Juan perdía la vista en aquellas inmensas tetas. Dos bultos separados por una raja sugerente quedaban aplastados por el cristal para luego erguirse majestuosamente. Aquello lo volvió loco y por las noches tras dar el beso de rigor a los chicos, pasaba clandestinamente por la puerta del baño para presenciar el espectáculo. De hecho un día se la encontró de espaldas y totalmente desnuda. Estaba inclinada hacia la bañera con una toalla en las manos y se limitaba a secarse las piernas. Un gigantesco culo de ébano se ofrecía a sus dilatadas pupilas. Inclinó aún más sus anchas caderas hasta ponerse casi de perfil y entonces vio con total nitidez aquellas tetas con las que tanto había soñado.

Una tremenda ubre colgaba hacia abajo sin pudor alguno y chocaba ligeramente con su propia rodilla mientras ella se secaba los pies. Inmediatamente Juan se empalmó y ardía en deseos de encular allí mismo a una hembra tan apetecible. De repente, ésta se giró y por unos segundos sus miradas se encontraron. Ella sonrío y él recorrió rápidamente aquel cuerpo redondo con su mirada. Sus grandes tetas caían hacia abajo ostensiblemente y la oronda barriga hacía de base para aquellas dos obras de arte. Sus aureolas eran oscuras como la noche y gigantescas. Culminaban las dos "tartas"con dos pezones erectos y prominentes, fruto probable de muchas noches de amamantar críos. Juan se volvió bruscamente y salió agitado hacia el salón. Pasó cierto tiempo evitando a Luvi y llegando más tarde de lo habitual a casa. Su mujer no notó nada ya que su vida era lo suficientemente ajetreada para pensar en algo extraño. Poco a poco todo volvió a su sitio y ambos pasaron un tupido velo a lo ocurrido. Jamás mencionaron nada de aquella noche y terminaron con la normalidad y el aprecio que siempre se habían tenido hasta que….

Un buen día, tras comprarse unos pantalones, Luvi se ofreció a arreglarle los bajos. Los niños jugaban en el cuarto de al lado armando un alboroto enorme. El baño estaba abierto de par en par y Luvi se encontraba agachada a los pies de Juan. Con un alfiler tomaba medidas mientras charlaban animadamente de las trastadas de sus hijos. Nada era anormal hasta el momento. Pero Juan miró por un instante hacia abajo y…. dos enormes globos asomaban por debajo de la camisa de Luvi. El calló por unos instantes y ella lo interpretó como lo que era. Había sido descubierta. Alzó la mirada y sin decir palabra, posó la palma de su mano sobre el pantalón de Juan. Notó su virilidad al cien por cien. Acarició de arriba abajo su polla erecta por encima del pantalón y éste cerró los ojos dejando escapar un suspiro placentero. Escuchó abrirse la cremallera del pantalón y al fondo, muy a lo lejos, seguía escuchando lasa voces infantiles en pleno juego. Miró hacia abajo sin saber muy bien el porqué y vio como Luvi acariciaba excitada su sexo. Empezó a pajearlo lentamente y el glande aumentó aún más el grosor. Cogió con decisión aquel garrote de grandes proporciones y se lo metió en la boca hasta atragantarse. Mamaba con auténtico deseo, con la rabia de años sin una buena verga con la que saciarse. La engullía ayudada de unos jugosos labios que amortiguaban cada chupada. Juan estaba perdido. La cogió del pelo, aquel recio y corto pelo, y la llevó para sí. Se la metió hasta la garganta y Luvi no hizo ademán alguno de molestia.

Al contrario, mamó con más deseo. Juan empezó a metérsela con fuerza, chocando incluso con el lateral de su boca pero ella resistía en su posición. La polla se perdía una y otra vez en el fondo de su boca y solo sus gruesos labios asomaban sobre el tronco mojado. Empezó a sacársela de vez en cuando y a lamer los pequeños efluvios de semen que asomaban en el extremo mientras su mano maestra agitaba con brío. Metió la otra mano por debajo de sus nalgas y uno de sus dedos acarició la raja del culo. Juan ya gemía de placer incontenido y ella le metió suavemente un dedo en el culo. Aquello le pilló desprevenido pero por entonces la batalla estaba totalmente perdida. Ël se corrió abundantemente en su boca salpicándole incluso en la cara. Luvi no dejó de chupar durante un rato más hasta dejar brillante la punta de su capullo. Cuando la miró, su mejilla mostraba un chorro blanco de leche y sonreía satisfecha. En seguida se arreglaron y se aseguraron de que los niños seguían peleándose en el cuarto de al lado. Una vez comprobado Juan se excusó saliendo de la casa totalmente rojo de vergüenza.

Pasaron varios días y ella lo miraba ahora a él sin disimulo. Siguió dejando el baño abierto y cosas por el estilo pero él se sentía violento. Un buen día su mujer se ausentó por motivos de trabajo durante tres jornadas y en ese momento Juan supo que pasaría lo inevitable. En cuanto los niños estuvieron acostados, escuchó como tantas otras noches cómo Luvi salía del baño de ducharse. Él hizo lo propio y se fue a su cama. Hacía una de esas noches veraniegas de calor sofocante. Incluso abriendo la ventana la sensación de calor no terminaba de desaparecer. El frescor de la ducha había durado poco y aquello no ayudaba a conciliar el sueño. No hacía más que pensar en la habitación del fondo de la casa. Era la primera noche en mucho tiempo que su esposa se ausentaba del hogar y él no dejaba de pensar en follarse bajo ese mismo techo a una mujer de color de más de 50 años. Fue a la cocina y bebió un vaso de agua. La casa estaba a oscuras y al dirigirse a la habitación algo le hizo dudar.

Se dio media vuelta y, armándose de valor, empezó a caminar hacia el pasillo opuesto. La puerta estaba cerrada y la televisión que Luvi tenía en la habitación no daba señales de vida. Se aferró al pomo de la puerta y giró con auténtico pánico hasta abrirla del todo. La ventana de al lado de su cama estaba abierta y ella estaba tumbada, inclinada de lado sobre la cama. Supuestamente dormía,ya que escuchaba la respiración. La tenue luz de las farolas se colaba en la habitación y dejaban vislumbrar el torso totalmente desnudo de Luví. Allí estaba aquel enorme culo invitándole a compartir con él momentos de auténtica lujuria. Juan se acercó a la cama y susurró su nombre. Ella no contestó. Entonces se volvió hacia la puerta y cuando estaba a punto de salir se volvió a quedar paralizado. Sus deseos eran más fuertes que la razón y entonces… cerró la puerta. Volvió a la cama y se acostó junto a ella. Contemplaba su bronceada espalda, de hombros anchos y robustos brazos, su perfecto cuello y la curva sensual de unas caderas exuberantes. Olió el olor a jazmín de su cuerpo, probablemente del jabón utilizado en sus asiduas duchas y posó su mano en la cadera de ella esperando respuesta. No hubo ninguna y se atrevió a acariciar la redondez de su trasero.

Era una piel tersa y suave. Apretó firmemente un cachete y de inmediato su pene adquirió el protagonismo. Se acercó aún más hasta besar casi su cuello. Su mano entró en la ranura de su culo y notó la humedad propia de la sudoración. De hecho él chorreaba de calor por la alta temperatura de la noche pero eso no coartaba sus deseos. Ella flexionó casi inconsciente uno de sus gordos muslos y dejó al descubierto su coño. Juan se quedó perplejo. Estaba totalmente afeitado y una raja amplia rozaba con las sábanas. Metió la mano en su sexo y notó nuevamente la humedad. Sus dedos empezaron a acariciar aquel coño maduro y al momento se ofreció abriéndose como una flor. Hasta sus labios vaginales eran gruesos y Juan los acarició con las yemas de sus dedos. Luvi se puso totalmente boca abajo y Juan introdujo su rostro en aquella masa de carne. Ahora podía oír como ella emitía pequeños gemidos e incluso levantaba sus caderas. En un instante, un enorme culo negro se mostraba erguido a su antojo. Juan repitió de nuevo su nombre con deseo y encendió la luz de la mesilla de noche. Luvi seguía a cuatro patas ofreciéndole sus posaderas anchas. Introdujo su lengua en aquel sudoroso culo y aprecio al instante el penetrante olor a hembra en celo. Ella gemía sin disimulo por entonces y el trasero empezó a moverse lentamente en pequeños círculos. La raja era de grandes dimensiones y Juan lamía de arriba abajo todo aquel delicioso manjar. La cogió por detrás y sin avisar. Le metió la polla hasta dentro y sin contemplaciones. Ella soltó un ligero chillido.

Vamos Juan, fóllame, lo deseo tanto….. fóllame…

Éste había dejado toda su timidez fuera de la habitación y como un poseso desconocido la penetró con más fuerza aún.

Luvi, joder…. Te la voy a meter toda la noche….. voy a reventar si no te jodo entera hoy…. Toma… toma ….

Si….. métemela ….. ay …. Fuerte…

¿echabas de menos una buena polla verdad? Pues te vas a hartar….

Juan estaba en pleno éxtasis y miró al espejo que cubría las puertas del armario. Se contempló follando a una enorme negra sobre la cama. Su culo rebotaba en cada envestida y las pelotas de Juan, hinchadas hasta doler, golpeaban sin compasión el coño de ella.

Me voyyyyyyyy……. Ayyyyyyyyyyy……

Toma Luvi.. hasta que te hartes….

Tras ella, Juan se corrió desparramando toda la leche sobre sus nalgas. Quería ver el color del semen sobre una piel tan negra.

Quedaron tumbados mirando al techo agotados por la ansiedad. Cuando Juan pudo ver tan de cerca aquellas grandes tetas no pudo contenerse. Su pene estaba claro que acababa gozar, pero eso no impedía que él se cebara entonces en chupar melones tan enormes. Siempre había soñado en unos pechos de mujer exagerados y por fin podía hacer realidad sus sueños. A pesar del tamaño, los pezones sobresalían como pequeños deditos de una mano y ella no dudó en cogerle su cabeza y llevarlo a tan cálido lugar. Sus cuerpos correaban de sudor y olían a feromonas pero el deseo con que se devoraban no les dejaba pensar en tales inconvenientes. Juan la llevó casi al filo de la cama y volvió a comer de su coño. Estaba empapado de fluidos, sudoroso y abierto de par en par. Ella con sus dedos abría los labios para facilitarle sus lametones. Su chocho era del color de la sandía, rojo intenso en contraste con el negro de su piel y desprendía un olor fuerte. Se cogió sus muslos y los levantó dispuesta a ser follada de nuevo. Juan comprobó que su "herramienta" estaba otra vez preparada para perforar y en seguida estaba otra vez dentro de aquella calurosa cueva. La envestía como un animal y sus globos se movían descompasados en cada envestida. Juan apoyó sus manos bajó su esternón y vió como quedaban totalmente cubiertas por dos masas enormes y calientes de carne.

Una y otra vez se movían de arriba abajo hipnotizando su mirada. Tomaba aliento de vez en cuando y mordía con avidez uno de sus pezones hasta hacerla chillar. Ella se cogió las tetas y las llevó a su cara y las manos de Juan se apoyaron entonces sobre su brillante barriga. Unos fuertes espasmos indicaron que se estaba corriendo y Juan envistió aún más fuerte. La cama se movía a destajo, pero a pesar de follarla de manera tan salvaje él no lograba llegar al clímax. Hacía poco rato que se había corrido como nunca y aquello le impedía ahora disfrutar nuevamente de un orgasmo. Pero le daba igual. Aquella madura mujer estaba disfrutando como nunca de un hombre blanco 20 años más joven que ella. Ella pareció darse cuenta de la situación y entonces lo tumbó con decisión a un lado de la cama. Se metió la verga en la boca y Juan pudo ver de nuevo a Luvi a cuatro patas disfrutando de la mamada. Sus tetas caían hacía abajo y él se entretenía en amasarlas. A veces tenía que coger una de ellas con las dos manos para sentirlas plenamente porque era imposible abarcarlas del todo. Ella introdujo el pene en la raja de su pecho, entre melón y melón, y entonces Juan levantó el culo para penetrar hasta el fondo aquellas sudorosas montañas. El glande intentaba chocar con su esternón pero era tal la cantidad de carne, que la polla entera quedaba enterrada en el interior de tan peculiar cueva. Juan estaba fuera de sí y ella decidió que quería disfrutar nuevamente de una verga tan joven y hambrienta. Se sentó encima de él y al momento notó la presión de su peso. Estaba claro que Luvi pesaba bastante pero el cuerpo voluminoso de ésta no era más que un tesoro de placer para el marido infiel. Empezó a mover fuertemente el culo y Juan se agarró a tan fuertes posaderas. Las enormes tetas chocaban contra el pecho de Juan y eso le volvía aún más loco.

Gemía con fuerza y los muslos de Luvi se clavaban aún más sobre el hombre vencido. Lanzó una mirada al espejo. Ahora se encontraban a lo ancho de la cama y fue alucinante lo que presenció. Aquel enorme trasero negro se arrugaba una y otra vez en su afán de engullir su polla. Era excitante ver las contracciones bruscas de aquel culo que ahora era azotado sin compasión por Juan. Terminó corriéndose dentro y unos segundos después ella gimió aún más fuerte llegando a un nuevo orgasmo. Se desparramó encima suya y casi lo ahoga con sus enormes atributos. Estaban exhaustos, sudorosos y….. felices. Como la primera vez comprobaron si había habido novedad alguna en el cuarto infantil pero…. ¡Bendita infancia! Dormían como ángeles. Se ducharon y las dos noches siguientes fueron aún más impresionantes. Aquellos cincuenta y tantos años tenían muchos secretos que descubrir y no sería por falta de ganas de Juan, que por entonces no pensaba en otra cosa que en poseer a aquella diosa del placer.

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