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Grito de placer

Relato añadido: 30/03/2009

Cuando Edgar llegó a mi casa tenía los pezones tan enrojecidos por la excitación que al abrazarme enseguida me tiré atrás. Por la mañana había recibido la carta del rector anunciándome, y de paso felicitándome, por la nota que había sacado en el examen final de mi carrera. Y yo me había prometido que si ganaba el premio nacional al mejor estudiante en mi carrera, lo celebraría perdiendo mi virginidad. Pero aún no sabía si tenía que entregarlo a un hombre o a una mujer. Después de revisar varias veces el listado de mi teléfono móvil, opté por Edgar. Él era uno de los chicos de la facultad que se había prendado de mi belleza y de mi corazón, pero yo no pude satisfacer sus sueños porque mi objetivo era sacar la mejor nota posible en mi facultad. Me acuerdo que cuándo le dije que ni siquiera iba a poder tomar una cerveza con él se puso a llorar: "cuando quieras compartir algo con alguien, no te olvides de mi", me comentó. "Lo tendré en cuenta", le contesté.

Cuando llegó el día acordado, Edgar se presentó 30 minutos tarde. Como mi cuerpo estaba preparado para entregarse a la hora exacta, mientras le esperaba me estuve masturbando. Aunque no era la primera vez que me masturbaba, de hecho tenía costumbre de masturbarme todas las noches repasando los apuntes del día, esta vez sí que me concentré en todo mi cuerpo. Mis dedos recorrían una, y otra vez, mi vagina pelada. A menudo apretaba, con mis labios, el dedo que estaba ya dentro de mi vagina, imaginando que apretaba el pene de Edgar. Estaba totalmente mojada, tanto que cuando Edgar llamó a mi puerta me tuve que poner otras bragas. Después de darle la bienvenida nos fuimos al dormitorio. Me iba besando y abrazando, pero yo me separaba enseguida porque el roce de mi camisón se convertía en una tortura para mis pezones. Él se dio cuenta y me quitó el camisón. Recorrió varias veces mis pechos, y fue apagando con su lengua el intenso fuego que se había concentrado en mis tetas.

¿Te sientes mejor ahora?



Fue entonces cuando cogió las bragas que yo había mojado con mi flujo y los besó. Se quitó su ropa y se puso mis bragas. Aquello me pareció tan erótico que me lancé, sin pensarlo dos veces, a su pene que, lógicamente, sobresalía de mis bragtas. Lo floté un buen rato con mis manos, y cuando él empezó a gemir lo puse en mi boca. Aquello le debió gustar porque tenía una cara de asombro y satisfacción. Por primera vez disfruté del especial olor de un pene excitado.

Carol, no sigas por favor. Tú eres la visitada.

Si te corres antes de penetrarme, te dejaré hacer todo lo que quieras.

¿Estás segura?

Totalmente segura.

Edgar se entregó por completo. Yo quería cumplir uno de mis sueños eróticos: contemplar el pene en los últimos segundos previos a la eyaculación. Cuando me estaba acariciando muy suavemente mi clítoris con su pene, noté cómo sus músculos se llenaban de sangre. De respiración profunda pasó a unos gemidos cada vez en aumento. Yo estaba de rodillas, con su pene apuntando a mi clítoris. Le limpié el sudor de su cara con mi mano derecha, y con esta mano mojada le tome la polla. Me retiré hacia atrás para contemplarlo. "Sigue, mi amor. Sigue, mi amor. Voy a llegar", gritaba Edgar. No sé si quería hacer daño a su pene que tanto me ansiaba o simplemente quería hacerle ver las estrellas. El caso es que subí bruscamente el capullo y el movimiento de bajada fue tan lento que antes de llegar al final mi cara estaba empapada de semen. Él me cogió la mano, y por lo que había leído sobre el tema, intuí que no debía tocar su cuerpo, y mucho menos su pene. Dicen que después de la eyaculación, a diferencia de nosotras, los hombres no soportan un simple roce. Me tumbé a su lado y le dejé disfrutar de ese momento. Le agradecí que mientras se recuperaba me acariciara suavemente el cabello. Después de un rato me preguntó si tenía hambre. Le dije que sí pensando que se refería a mis ganas de sexo. Se fue a la cocina y trajo un huevo del frigorífico. Aproveché para limpiarme de su semen que a medida que se secaba me hacía cosquillas. Me puso de pie y empezó a besarme con pasión. En la primera fase, su lengua acarició muy despacio mis labios. Luego me penetro, pero en vez de buscar mi lengua, recorrió mis dientes. La sensación que me provocaba era tan agradable que sentí cómo todo mi cuerpo se relajaba. Parecía que toda mi sangre se concentraba en mi vagina. Por mi experiencia en la masturbación, sabía que un par de caricias a mi clítoris me iba a llevar al orgasmo. Como él no parecía darse cuenta de ello, llevé mi mano a la zona. Pero él me paró con su mano. Entonces cogió el huevo, lo colocó en mis piernas, casi entrando en mi vagina porque sentí como los labios se abrieron, y me dijo que si lograba sujetar ese huevo durante cinco minutos iba a ser mi esclavo sexual toda la tarde. Pero si se caía, la esclava iba a ser yo. Asentí con la cabeza.

Edgar se colocó detrás de mi y sentí cómo su pene iba abriendo mi culo a medida que se excitaba. Pero no tenía la intención de penetrarme por el culo, aunque no me hubiera importado. Me besó la nuca mientras me acariciaba los pechos. Bajó sus manos hasta mi ombligo, y antes de dibujar varios círculos con su dedo, lo mojó en mi boca. Después intentó introducir su dedo dentro de mi ombligo varias veces. Cada vez que daba un golpe en él hacía un ruido de mia por el contacto de su dedo mojado. Y yo gemía. Me besó la oreja. En una especie de venganza por lo que había hecho a su pene en la plena excitación, me apretó el bajo vientre, con un dedo casi rozando mi clítoris (lo que me excitaba desesperadamente era que no me acariciaba totalmente ese dulce manantial del placer) y me penetró la oreja con su lengua. No pude contener mis gritos orgásmicos por más tiempo. Apreté su pene con mi culo pero mis labios vaginales y mis piernas no aguantaron el peso del huevo. Una especie de líquido lo empujo hacia fuera, y con mi último grito orgásmico se cayo al suelo y se rompió. Me giré rápidamente y me apoderé de su cuerpo, en una especie de agradecimiento y de protesta por su victoria. Porque es verdad: cada vez que un hombre nos provoca un buen orgasmo se siente victorioso y espera de nosotras un gesto de agradeciendo como si fuera un héroe nacional. En cierta medida lo es porque nos libera de la tensión acumulada en todo nuestro cuerpo. Él como un arrogante liberador, y yo como una vencida que necesita liberarse, le besé tanto que a veces le mordía la lengua y protestaba. Después me tranquilicé y él me cogió en sus brazos y me tumbó en la cama. Pensé que me iba penetrar pero no. Me acercó la ropa y me dijo que me vistiera para ir a merendar en el bar de enfrente. No quiso que me pusiera los pantalones ni el sujetador. Así que me puse mis bragas y mis pantys. Antes de marcharse, me tumbó otra vez en la cama, me bajo las bragas hasta las rodillas y me besó el clítoris y los labios vaginales. Me dijo que esperara un poco. Se fue a la cocina y trajo una cucharadita. Me subió las bragas otra vez, me sentó en la cama y me preguntó si tenía un tampax. Me lo hizo poner. Después me dijo que dejara la vagina a la vista. Recogió con la cucharadita las yemas del huevo roto, y me juntó los labios vaginales. Me llenó esa parte con el pegajoso líquido. Me subió las bragas y los pantys y se aseguró que encajara todo correctamente. Satisfecho de su obra, me besó y me cogió de la mano invitándome a salir.

La verdad es que no sentía nada especial hasta que una vez sentados en el bar empezamos a describir la sensación que habíamos tenido. Después Edgar me contó cómo se masturbaba, y al acabar me dijo que hiciera lo mismo. Al revivir, con él, mis momentos orgásmicos, sentí cómo los labios vaginales se abrían y el clítoris se iba hinchando. Empecé a mover las piernas inconscientemente, pero eso aumentó mi excitación. Edgar me abrazó con dulzura, lo que me excitó más. Me dijo que si no me controlaba un poco podríamos comer una tortilla hecha en mi coño, con el propio fuego de mi sangre. En un momento me imaginé esa tortilla, su olor y su sabor, y sonreí.

Hija, despiértate. Como sigas en la cama vas a llegar tarde al instituto.

Ay, mamá. ¡Qué inoportuna eres, a veces!

Arriba. Tienes el desayuno en el comedor. Te he preparado un bocadillo de tortilla.

¿Qué tortilla, mamá?

De huevos. Es la que más te gusta, ¿no?

Hoy más que nunca.

Mientras me levantaba de la cama, mi madre me miró fijamente, tanto que por primera vez me sentí incomoda y me cubrí los pechos con las manos.

Hija, esta noche te dejamos un despertador. A partir de ahora puedes cerrar tu habitación con llave. Te has hecho una mujer y necesitas intimidad.

Asentí con la cabeza y le abracé, casi llorando. Ella ya había intuido que la adolescencia había llamado a mi puerta. Si no fuese mi madre, le hubiese contado mi sueño.

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